Leal a ti mismo

Leal a ti mismo

by | Sep 5, 2020 | Inspiración, Sanación | 0 comments

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“Ser leal“ muchas veces se convierte en un compromiso para con los demás; ser o hacer lo que la sociedad impone y con lo que nos “obliga” a dejar por fuera la lealtad propia
Sabiduría es hacernos conscientes y saber que todo comienza en nosotros.
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¿Se han dado cuenta que desde el momento en que nacemos nos van dando forma como a un molde? Esto nos aleja de nuestra esencia como individuos únicos e irrepetibles. Te alejan del camino de poder ser “leal a ti mismo”.

Intentan que seamos imagen y semejanza de todos los que influyen sobre nosotros. Son muchas las personas que nos adoctrinan para que seamos dignos de llevar su apellido, por ejemplo; o estudiar lo que papá o mama estudió, y un largo etcétera.

Inciden de manera determinante las familias, el aspecto cultural, social… y de disfrazadas maneras nos inducen en que no confiemos en nosotros sino en lo que esté fuera de nuestro ser.

Luego, cuando ya creemos ser adultos e independientes tomamos las riendas con el mismo leitmotiv, buscando nuestras metas basadas en referencias externas, que no somos nosotros, que realmente no vienen de nosotros, olvidando lo perfecto que somos.

Y si “Dios” está dentro de cada uno de nosotros, entonces renunciamos a darnos cuenta que nuestra imagen y semejanza es con nosotros mismos, actuar en coherencia con nuestra esencia, con eso que llaman intuición. Al renegar de ese maravilloso regalo, sencillamente expulsamos a “Dios” de nuestro corazón. Allí es cuando aparece el “ego”.

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Ese “ego” alimentado por otros desde que nacemos, luego se convierte en la principal boca que alimentar por nosotros. Desde pequeños empiezan a borrar el hecho de que somos una creación divina y perfecta, ni siquiera pensar en que somos una parte de esa energía superior de la cual provenimos.

Eso solo es ciencia ficción. De hecho, nos dicen “tú solo eres lo que tienes o eres”, hay padres que se lo inculcan a sus hijos y entonces nuestra referencia de lo que somos comienza con nuestros primeros juguetes, los cuales son todos nuestros incluyendo los de los demás, para luego pasar a las posesiones de mayores como el auto, la casa, los cuadros, el dinero acumulado y hasta la pareja.

Sin darnos cuenta (literalmente) la referencia de lo que somos y valemos está siempre fuera de nosotros, nuestra identificación es con base a posesiones materiales, o a lo que somos o no somos.

Empezamos a identificarnos con la creencia que dice que mientras más tenga o mayores logros académicos haya logrado, más valioso soy. Por lo tanto, nos pasamos la vida orientando a los niños y sumergiéndolos en una cultura que enfatiza esa creencia de tener más. ¡Vaya presión!

Eso de “ten más” se convierte en “el sentido de la vida” y el ego te va recalcando que tienes que ir acumulando más y más.

Pero cuando eso es tu marco referencial de valores, surge un dilema y es que, si eres lo que tienes y las adoradas posesiones desaparecen, lo que eres también desaparece en el proceso.

Cuando el ego va tomando cancha y se posesiona más, te comienza a decir que “yo además de ser lo que tengo, soy lo que hago”, te hace creer que “eres todo lo que eres y haces”.

Lo que hago se convierte en eso que llamamos logro y en este ruidoso mundo que cree que se es lo que se hace, nos consumimos pensando que la idea del éxito y de la valía se basa en cuantas cosas se puedan lograr en conseguir.

Luego tengo que ganar más dinero, tengo que lograr ascender, tengo que competir con todo aquel que pretenda arrebatarme lo que he logrado. Esto nos lo repite una y otra vez desde que nos poseen.

A los jóvenes por ejemplo se les enseña, en la práctica del atletismo, que lo más importante es ser el número uno ya que si somos los números uno, somos mejores que el resto, nos querrán más, seremos aceptados por más personas. La sociedad se ha encargado de llenarlos de oro cuando se es el número uno, los demás son plata, bronce, cartón y olvido.

Esto además lo hacen en las escuelas desde los primeros años. Nos vemos envueltos en esta noción competitiva de creer que el mundo está diseñado para la lucha. Eso te lo dice el ego y resulta agotador porque es una existencia antinatural.

A final de cuenta, verás que en infinidad de empresas comerciales no necesariamente te van a pagar más porque seas el más talentoso o estés más capacitado ya que muchas veces colocan delante de ti, al amigo, el compadre, la chica bella o cualquier otro interés que surja.

Allí comienza el sentido de la injusticia, la frustración y el no entender… y ¿cómo vamos a entender? si estamos traicionando el fluir de nuestra sabiduría interior y caminamos por rutas que no son las nuestras.

¡Pero el ego no se queda ahí, no señor! Porque luego remata diciéndote que “soy lo que los demás piensan de mí”, es decir, soy mi reputación y esto es el acabose, la total entrega al mundo exterior.

La máxima expresión se da entre los jóvenes a quienes se les dice que tienen que vestirse según el gusto de otros, y si no les gustas tienes un gran problema porque no te aceptarán, y cuando te amoldas a ese concepto tu tortura será inmensa ya que cada vez que salgas y según el grupo al que frecuentes tendrás que ser distinto, te tendrás que transformar en otro según la ocasión.

Un eterno camaleón. Lo más alejado de ti.

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Todo para ser aceptado y este aspecto es bastante destacable también entre las damas. Pero ellas además reciben su hipnosis adecuada con relación a la familia, ya que en nuestra cultura y sociedad a menudo se les enseña que su máxima realización es con sus relaciones familiares, ya sea como hijas, madres, abuelas, esposas, etc.

Al parecer estos aspectos son importantes en la vida de toda mujer. Y aunque se dé el caso que sea su elección y lo haya hecho desde lo profundo de su ser, no es necesariamente la única opción.

Muchas otras mujeres sienten la vocación de lograr otras cosas, algo distinto, algo como poder hacer una gran contribución a la humanidad por otras vías.

Algunas rompen los paradigmas, pero con frecuencia la mayoría que sienten eso desde pequeñas, son reprimidas dejando todo de lado por el gran peso social y cultural que ejerce el ego.

El “ego” ha desarrollado un inmenso saco de creencias que te dicen que estás separado de la fuente más grande de energía que nos nutre desde siempre, esa fuente a la que llamamos de muchas maneras.

Pero sucede que esa fuente está en todas partes, no hay ningún lugar donde no esté sembrada, es así porque lo crea todo, todo proviene de ella. Por consiguiente, si está en todas partes, también está en mí y si está en mí, también está en lo que siento que me falta en la vida y que aún no veo manifestado.

Cuando comprendemos esto, de algún modo ya estamos en sintonía con todo lo que sientes que eres y que extrañas incluso sin haberlo tenido en tu vida, eso que te gustaría tener acorde a tu esencia más profunda.

Solo te queda buscar la manera de formar parte de ello y ser consciente de que ya estás en sintonía. A partir de allí créate otra realidad, empieza a imaginarte distinto. Leal a ti mismo.

A lo largo de nuestra existencia nos van repitiendo hasta la saciedad que “la vida es dura”, nos dicen que “el dinero no nace en los árboles”, que… “si no estudiamos no somos nadie”, así infinidad de otras metáforas alusivas a la escasez, miedo y dependencia.

Otros exacerban la culpa con cosas como que solo “Dios ayuda al que madruga” (al que duerme un poco más, no); que “la vida son relaciones”, etc.

Algunos hasta son capaces de sugerirnos que le pasemos por arriba a los demás si sentimos que nos estorban, nos aconsejan cuidarnos de todos y a ser “realista”.

Estos y otros adoctrinamientos no solo están arraigados en algunos familiares, sino también en cualquier otro mecanismo, ya que están enquistados en nuestra sociedad hasta haberse convertido en creencias absolutas que adoptamos.

Y cómo no creer que “la vida es dura” si intentan convertirnos en algo que no somos nosotros, todo logro se vuelve cuesta arriba porque mantenemos las mismas creencias generación tras generación y que inocentemente pensamos que resultarán ya de adultos, pero no es así porque es una mentira.

Una ilusión. Una existencia alejada de nuestra esencia más pura, haciéndonos creer en que el logro estará siempre fuera de nosotros.

Eso de aplicar en nuestra adultez las mismas directrices de cuando éramos niños, nos causa mucho desasosiego ya que el hecho de llenar las expectativas con eso de lograr estar graduados, tener familia con perro y demás artilugios, trabajar en alguna empresa “sólida” de manera constante ante que te jubilen o desarrollarnos como sea con tal de “producir”, es lo que esperan de nosotros y no siempre es lo que decidimos ser o hacer.

Cuando somos coherentes con nuestro ser, lo material viene como consecuencia de ello y sobre todo la salud emocional y física, de manera natural porque todo nos protege.

Seguimos manteniendo las mismas directrices de cuando iniciamos la vida que se basan en la competencia, en ganar, en ser mejor que el resto, en hacer cientos de concesiones para ser aceptados. Nos traicionamos una y otra vez. Lo más insólito es que hasta continuamos inculcándoselas a otros.

Entonces, la “vida es dura” porque actuamos contra natura, de manera incoherente entre lo que sentimos, pensamos y hacemos.

Cuando sentimos que “el mundo está de cabeza” es cuando gritamos esa célebre frase “paren el mundo que me quiero bajar” y allí es cuando buscamos de manera natural, “el sentido de la vida”.

En ese instante es cuando queremos estar protegidos como cuando estamos en el vientre de mamá, donde sabíamos inconscientemente que allí todo estaba dado y así fue hasta el momento de nuestro nacimiento, allí nos dejamos llevar por la sabiduría de la naturaleza, donde todo fluye sin esfuerzo alguno, como la sincronicidad de un cardumen.

Allí nos rendimos a la certeza de que no estábamos solos, de que algo nos guiaba, de que provenimos de una naturaleza inteligente, armoniosa y de que podíamos confiar en ella como lo hacen el resto de los seres vivos en este planeta.

Allí no sentimos que estábamos separados, no cuestionamos a esa naturaleza, no luchamos ni nos resistimos ante nada, tampoco nos mantuvimos a cargo del funcionamiento de alguna parte de ambos organismos. Nos dejamos llevar y no intentamos controlarlo todo, solo fluimos hasta que salimos a la luz, como uno de los más grandes milagros, hermosos, perfectos, plenos de la energía pura.

Comprendíamos perfecta y sincronizadamente “el sentido de la vida” y esa comprensión no radicaba en el intelecto sino en el corazón, el espíritu, nuestra alma.

Nos llevan a traicionar esa naturaleza desde que llegamos a este plano y luego nosotros mismos terminamos de hacer el trabajo con gran dedicación. Pero incluso con nuestra mente nublada de tantas creencias erradas hay algo dentro de nosotros que nos dice que vinimos a algo más.

Cuando estamos mal viviendo en “un mundo que está de cabeza”, sentimos esa voz interior que nos dice que el camino es otro, ella es prolongación de la fuente de donde provenimos y que como seres humanos empezamos a sentir en aquel vientre.

Esa certeza está sembrada en nosotros desde siempre, nadie más sabe ni puede decirnos que es, pero sí sentimos y sabemos que esa indicación es la correcta. La intuición.

Por lo tanto, en ese punto donde tomamos consciencia plena de ello, el supremo objetivo de ganar y superar a otras gentes, acumular dinero solo por acumularlo, luchar por ser aceptado, publicar en las redes sociales para recibir el mayor número de likes posibles, etc. se vuelve menos importante que “sentirse realizado”.

Es en ese nivel tan íntimo cuando decidimos vivir la vida con un objetivo superior. Imaginarnos distintos, más cercanos a lo que profundamente sentimos de nosotros.

Cuando eso nos sucede es porque dimos un salto cuántico que nace por el estímulo de cualquier experiencia traumática o no, desde un accidente grave o al simple acto de observar el paso de un ave, o quizá pasando por alguna situación familiar extrema o el simple hecho de no hallarse en ese núcleo, o desde una enfermedad de las llamadas “incurables” tomadas con drama, o sin él como fue mi caso, o sencillamente la lectura de un libro.

Los momentos decisivos en la vida, cuando la dirección cambia para siempre, no tienen que estar marcados por un dramatismo ruidoso. A veces son momentos muy discretos los que te muestran la vida bajo la luz. Lo hacen en silencio y en ese maravilloso silencio reside su especial nobleza.

Innumerables son las situaciones que te hacen pasar a otro estado de consciencia y desde allí nada te detendrá en la asunción de la misma, tan solo tú si te traicionas nuevamente, porque el ego seguirá haciendo de las suyas en su trabajo de intromisión presentándote los más grandes espejismos.

Ser leal a ti mismo es la coherencia absoluta entre lo que se siente, piensa y hace. Esto es un ejercicio diario.

Por eso aquello de que estamos aquí para aprender, o mejor dicho reaprender, porque lo sabemos todo, solo que no lo recordamos.

Intento ser feliz en este mundo tal como se me muestra y sin cambiar a otros, eso agota y enferma. La gente se asusta pensando que eso es ser conformista o que se vive sin eso que llaman ambición material.

Desde mi punto de vista no se trata de no ambicionar cosas materiales, sería absurdo viviendo en un mundo material. La búsqueda de lo que no está alineado con uno, es lo incoherente.

También es ideal ambicionar el logro de otro estado de consciencia y en este aspecto no hay medida que nos limite ni efectos secundarios que lamentar.

Hace tiempo decidí eliminar de mi vocabulario la palabra “lucha” y guerrero (a).

Veo mi andar por esta vida, suave, divertido y sin esfuerzo.

No vinimos a enfrentarnos nada, es mentira. No soy un guerrero, ni tú una guerrera. Eso lo hace difícil, no hay batalla que librar.

 

Artículo Leal a ti mismo. Sebastian Falco Libro

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